viernes, 5 de febrero de 2016

Más allá del fiasco de Sean Penn: La presunta guerra contra las drogas en México no es película


http://www.counterpunch.org/2016/02/04/beyond-sean-penns-fiasco-mexicos-alleged-war-on-drugs-is-not-a-movie/


La presunta guerra contra las drogas en México no es película
Por Malú Huacuja del Toro.


Hay una razón por la cual las películas de gangsters más populares cuentan historias de padrinos legendarios de los viejos tiempos, o de convictos que están cumpliendo su sentencia en prisión, o de personajes ficticios. Sean Penn no captó esa parte al publicar su entrevista con el tristemente afamado hampón mexicano Joaquín Guzmán Loera, alias El Chapo.
Penn y a la estrella de telenovelas Kate del Castillo no captaron esto, pero el narcotráfico en México no es una película. No se entrevista a un asesino serial fugitivo justo cuando está planeando su próximo secuestro y matanza, antes de ir a la cárcel, sin ser su cómplice… a menos, claro, que se sea tan intocable como una estrella de Hollywood.
Durante el gobierno actual, más de 50 000 personas han sido asesinadas (más las incontables que no reportan los gobiernos estatales completamente controlados por los cárteles desde las altas cúpulas, como Veracruz, Tamaulipas, Sinaloa o Chihuahua), y más de 120 000 personas fueron asesinadas durante la denominada “guerra contra las drogas” ordenada por el ex presidente Felipe Calderón. Estas personas no son extras de un filme de Scorcese.
El 23 de noviembre de 2011, doce personas parcialmente calcinadas fueron encontradas en la cajuela de una camioneta en llamas localizada en la Colonia Rosales de Culiacán, la capital del estado de Sinaloa. Ese mismo día se encontró otra camioneta quemada en Desarrollo Urbano Tres Ríos, con cuatro cadáveres. La cabeza de uno de ellos había sido arrojada a la banqueta. Ese día, El Chapo conducía libremente sus operaciones por todo el país y el mundo. Era un día de negocios normal para el Cártel de Sinaloa, parecido a cualquier otro día de otro año, como por ejemplo, el 2 de mayo de 2012,  cuando se encontraron asesinadas 22 personas en menos de 12 horas, o como el 21 de junio de 2013, cuando fueron asesinados dos adolescentes, supuestamente, porque hicieron burla del hijo de un narcotraficante en la escuela.
Así es la vida y la muerte en un tiempo que Sean Penn califica como “estrictamente de negocios”: “El Chapo es primero que nada un hombre de negocios, y sólo recurre a la violencia cuando lo considera provechoso para él o para los intereses de su negocio”, dice.
El narcotraficante lo dijo, y él se lo creyó. Sean Penn está “decepcionado” de los periodistas actuales, pero no se tomó la molestia de aplicar su regla fundamental de corroborar los datos.
Si así lo hubiera hecho, probablemente se habría enterado de que, mientras El Chapo operaba libremente como un “hombre de negocios” entre 2009 y 2012, en Sinaloa hubo 330 feminicidios, el 80% permanece sin resolverse. Ciertamente, ninguna de estas mujeres fue asesinada personalmente por El Chapo con sus propias manos, pero el índice de feminicidios en cualquier estado donde hay crimen organizado es más alto que en cualquier otra parte.
El narcotráfico no se trata solamente de que unos carteles luchan entre sí por una plaza más grande y mejor. El narcotráfico es una cultura antidemocrática de muerte, extorsión, machismo, prostitución, nepotismo, tiranía y humillación que permea en la vida social, política y privada a todos los niveles, donde quiera que va. El territorio obvio es el del ejército, la policía y los políticos sobornados, pero poco sabemos del crimen organizado en la educación, las universidades y la investigación científica, por ejemplo, aunque la Universidad de Sinaloa a menudo obtiene más falsas acreditaciones —por razones obvias—, y por tanto recibe más financiamiento del gobierno que otras en las que no rige la corrupción.
Solamente por el hecho de que el gobierno mexicano se haya convertido en el narcotráfico municipal, estatal y local, eso no quiere decir que los hampones narcotraficantes apolíticos debieran tomar el control de todo el país como alternativa a la corrupción. Pero Kate del Castillo no lo ve así. Se refirió al narcotraficante como un salvador, diciendo que confía “más” en él que en los gobernantes corruptos. En seguida, añadió su recomendación de empezar a “traficar con amor”, misma que, al parecer,  fue entendida por el jefe de la mafia como un permiso para ponerse en contacto con ella. Dos años después de su famosa solicitud gorgeada [vía Twitter], resultó que estaba tratando de hacer una película hollywoodense al estilo de Narcos sobre el capo, tal como lo confirmó su propia amiga, la defensora de derechos humanos y periodista Lydia Cacho.
Lydia Cacho —quien ha sido ella misma perseguida por políticos corruptos implicados en el crimen organizado— confiesa: “Kate me dijo que estaba haciendo una película sobre El Chapo”. No queda claro si Lydia Cacho sabía sobre el presunto lavado de dinero de la actriz con el criminal (lo que ahora está bajo investigación), pero ella está ahora en contacto con del Castillo y se ha convertido en su vocera. En una reciente entrevista con Jorge Ramos, el conductor de Univisión (el Charlie Rose mexicano), Lydia Cacho culpa al Secretario de Estado Mexicano y a Sean Penn por haber traicionado las “verdaderas” y puras intenciones de Castillo, que eran, ni más ni menos, hacer una película de gangsters.
Hablé con una amiga cercana de Lydia Cacho, la autora del libro Los demonios del Edén (sobre pederastia y crimen organizado en el estado de Puebla). Le pregunté cómo es que esta defensora de derechos humanos y activista estaría dispuesta a arriesgar la credibilidad que por largo tiempo se ha ganado al retratar inexcusablemente a la estrella de telenovelas como la víctima. La respuesta que recibí es típica de la cultura del narco: “Porque son amigas. Probablemente iba a participar en la película como asesora o guionista”…
Lo mismo ocurre con el laureado director mexicano Alejandro González Iñárritu, ganador de premios Oscar, y quien fuera protegido de Sean Penn cuando comenzó a trabajar en Hollywood. Son amigos. De modo que González Iñárritu está del lado de Penn. Cita al famoso periodista mexicano Julio Scherer García, quien alguna vez dijo que “iría al infierno” por una entrevista, y quien de hecho entrevistó a otro jefe de la mafia de Sinaloa.
Sin embargo, Scherer era periodista. Contextualizaba la conversación, y nunca percibió a los narcotraficantes como sus “salvadores”, como lo hace del Castillo, ni como “simples hombres de negocios”. Fue el editor fundador de Proceso, una prestigiada revista de investigación en México. Dos de sus reporteros, la veterana periodista Regina Martínez y el talentoso fotorreportero Rubén Espinosa, fueron asesinados por el gobierno de Veracruz que está implicado con otro poderoso cartel, el de los Zetas.
El estado de Veracruz es uno de los 10 lugares más peligrosos del mundo para los periodistas, según Reporteros Sin Fronteras. Citar al director de una publicación que ha perdido a dos de sus mejores reporteros precisamente porque denunciaron al crimen organizado es un flaco favor al periodismo.
Pero no es la primera vez que González Iñárritu cita sin haber leído. Cuando ganó un primer premio Spirit Award por su película 21 gramos, subió al escenario junto con el actor Sean Penn y habló a favor de la paz… nada más que citando al novelista peruano y Premio Nobel Mario Vargas Llosa. Sencillamente no sabía que Vargas Llosa acababa de estar en Irak como reportero “incrustado” en las fuerzas militares para el periódico español El País, apoyando al presidente español Aznar —a favor de Bush—, retratando a los marinos estadounidenses como los soldados más diplomáticos y amables… Hasta que surgió el escándalo de la tortura y abuso a los prisioneros de Abu Ghraib. Vargas Llosa guardó silencio.
Tal como señala el artículo Hollywood y la CIA, de Ed Rampell, publicado por  Counterpunch (y traducido por mí con permiso del autor para su publicación en mi blog), el cine puede ser una poderosa herramienta de propaganda. No obstante, en este caso, no hay un cerebro maestro torciendo la información para apoyar a las mafias de las drogas, sino simple ignorancia: la codicia de Hollywood y de las telenovelas mexicanas por fin se encuentran.
Mientras tanto, los verdaderos periodistas en México continúan arriesgando y, literalmente, perdiendo la vida.
Los coquetos textos telefónicos que intercambió Kate del Castillo con el narcotraficante para arreglar una reunión secreta con Sean Penn fueron inmediatamente divulgados por el gobierno mexicano. Pero, en el caso de los 43 normalistas secuestrados y desaparecidos de Ayotzinapa, sus padres llevan más de un año exigiendo la divulgación de la comunicación telefónica y textos del Ejército y la policía municipal. Todavía no hay respuesta para ellos. No son tan glamorosos.
En la ciudad de Nueva York, el señor Antonio Tizapa, padre de uno de los estudiantes de Ayotzinapa, exige la desclasificación y divulgación inmediatas de cualquier información respecto a esas llamadas y textos telefónicos.
     “Cada uno de estos estudiantes tiene un teléfono celular, y los soldados tenían teléfonos celulares. ¿Cómo es que ninguno de sus textos y llamadas se hacen públicos?” preguntó en una declaración pública durante una protesta frente al consulado de México, el 26 de enero. Algo de esta información probablemente explicaría lo que realmente sucedió en el caso de Ayotzinapa.


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