martes, 23 de agosto de 2016

México resurgente, por Quincy Saul

México resurgente
Por Quincy Saul*

*Publicado originalmente en inglés en la revista 
CounterPunch con el título Resurgent Mexico (evocando
el libro de John Reed, Insurgent Mexico) el 25 de julio de 2016, 
y traducido al español con permiso del autor.

México está viviendo y muriendo por los pecados de la economía global. El precio de la ropa barata, las drogas baratas y la mano de obra barata lo pagan cientos de miles de muertos y desaparecidos tan sólo en la última década. Desde el Norte, un imperio proyecta sus sombras del final del mundo. Pero desde el Sur brilla una antítesis del imperio y surge el principio del mundo como una estrella resplandeciente cuyas cinco puntas reflejan los cinco continentes.
El mes pasado tuve el privilegio de ser un estudiante en las montañas del sureste mexicano. Esa escuela no da títulos ni diplomas, pero ha inspirado y transformado a millones alrededor del mundo. Esta escuela es el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, y sus bases civiles de apoyo, cuyo gobierno autónomo administra a aproximadamente la mitad del estado de Chiapas. 
Durante las dos últimas décadas, han estado construyendo y defendiendo una de las mejores esperanzas del mundo.
En 1994, el levantamiento zapatista despertó al mundo hacia una reinvención de la política revolucionaria. Más de dos décadas después, sus lecciones son más relevantes y reveladoras que nunca. A medida que atravesamos calendarios y geografías entre el final y el principio, entre el derrumbe y el resurgimiento, estas lecciones se quedan con nosotros más allá de la coyuntura caótica, rumbo al horizonte holístico. He aquí algo de lo que aprendí en la escuela; seis tesis para la regeneración de la humanidad a largo plazo.

1) La cura de la máquina feminicida es el huerto forestal

El sistema mundial capitalista culmina en la frontera norte de México, donde el modo de producción se ha convertido en un modo de destrucción. Tres años después del levantamiento Zapatista, Ciudad Juárez acuñó la palabra feminicidio. Fue un producto de lo mismo contra lo que los zapatistas se sublevaron: el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica; un pacto neoliberal que generó un auge de explotación laboral en la frontera y, en su estela, una plaga de asesinatos. Sergio González Rodríguez describe cómo el encuentro de maquiladoras y machismo, junto con la congregación de narcotráfico y comercio de armas, ha dado luz a lo que llama “la máquina feminicida”.
          La cantidad y calidad de los asesinatos son de proporciones pesadillezcas, que resisten el razonamiento. Pero Rodríguez pone las piezas dentro de una perspectiva histórica, económica y política, hasta que podamos ver al hombre y al sistema tras la cortina y los asesinatos: el capitalismo y el patriarcado van de la mano, personificados en la figura del asesino serial cuyos crímenes no son ni perseguidos ni castigados. “Negar el exterminio es parte del exterminio”. (Rodríguez 84.)
          Podemos entender la máquina feminicida como parte de lo que Raquel Gutiérrez Aguillar llama “las ambiciones dolorosas y crueles —no sólo militares— de reinstalar un orden simbólico masculino totalmente dominante y enfermo”. (Aguilar). Como ISIS, como Trump, como Putin, como Modi y muchísimo más, la máquina feminicida en México y sus funcionarios diversos expresan la desesperación asesina de un orden patriarcal confrontado con sus propias contradicciones.
          Lo que está matando a las mujeres en Juárez es nada menos que un modo de producción. Puede que las políticas lo reduzcan; puede que las burocracias ofrezcan curitas. Pero la justicia para los muertos y los afligidos, junto con la esperanza y la dignidad para los vivos, requieren una solución a la medida del problema. “Contra una forma sin precedentes de totalitarismo —escribe Javier Sicilia— se hace necesaria una forma de lucha sin precedentes”. (Sicilia)
          Por suerte, el antídoto está listo, es radical y resurgente. La cura y la antítesis de la máquina feminicida es el bosque forestal maya. Ejemplos vitales de este antiguo modo de producción están todavía vivos en los huertos forestales, que además son focos de biodiversidad, a lo largo del sur de México, Guatemala y Belice. Y los zapatistas están entre sus guardianes. Lo leí en un libro reciente y revelador titulado El huerto forestal maya de Anabel Ford y Ronald Nigh. Aunque no mencionan a los zapatistas, conocen el territorio: “El sistema agrícola Lakuntun […] es por tanto un vislumbre del pasado: un ejemplo paradigmático del excelente funcionamiento de la milpa”. (Ford y Nigh, 65.) Hacen una crónica de un calendario que se remonta a ocho milenios, cuando poblaciones mayores que las existentes hoy día se mantenían en armonía con la diversidad biológica y donde “el modo dominante de producción era el huerto forestal de la milpa”. (Ibíd, 124.) También le eché un vistazo cuando estaba trabajando en una milpa con algunos adolescentes zapatistas: no sólo el pasado sino el futuro.
          El huerto forestal produce y prefigura todas las soluciones que necesitamos, ecológica y políticamente: produce comida de alta calidad, regenera los bosques, evita la erosión, aumenta la fertilidad del suelo, preserva y propaga biodiversidad, limpia y maneja eficazmente el agua, no genera desperdicios, no usa combustibles fósiles ni pesticidas artificiales ni fertilizantes artificiales, y retiene carbono en el suelo. Las relaciones sociales de producción en el huerto forestal requieren asociación libre y descentralización, lo que substituye el trabajo enajenado y la mecanización, mediante la “intensificación de mano de obra especializada y el conocimiento ecológico”. (Ibíd, 69.) Las consecuencias políticas del huerto forestal fueron reconocidas por los conquistadores, para los cuales la destrucción de las mismas fue un aspecto clave de la contrainsurgencia. [1] Hoy, la misma lucha continúa. Es la milpa versus Monsanto y extinción masiva; el huerto forestal versus la máquina feminicida.

2) El caracol de la cosmovisión rebasa la velocidad de la locomotora de la historia
El símbolo de la resistencia zapatista es el caracol. “Lento pero avanzo” es su lema y credo. Las más altas autoridades en el gobierno autónomo civil zapatista, conocidas como “Consejos de Buen Gobierno” están localizadas en territorios bases llamados “caracoles”. El símbolo representa las conchas que alguna vez fueron utilizadas para llamar a encuentros; asimismo, la espiral que representa el tiempo y el infinito, y por último invoca “la velocidad de la democracia” de la que se quejaron amargamente los negociadores gubernamentales de los Acuerdos de San Andrés: todo se mueve lentamente, a la velocidad de la conversación y el consenso, poco a poco o kun kun en tsotsil. Lento pero seguro. Y he ahí la paradoja: en la Lacandona, en el Sur, donde todo se mueve lentamente, la organización política parece ser mucho más avanzada, mientras que en el Norte, en las metrópolis del mundo, todo se mueve rapidísimo, y sin embargo, nuestras organizaciones y nuestras políticas parecen retrógradas.
De alguna forma, ¡el caracol rebasa a la locomotora! La cosmovisión imaginativa que toma sus metáforas de la naturaleza supera a la historia determinista que se ve a sí misma en el espejo de la producción industrial. El 22 de diciembre de 2012, mientras 20 000 zapatistas en perfecto silencio llenaron las calles de San Cristóbal de las Casas para anunciar el final y el principio del mundo, la locomotora pierde la carrera. ¿Escucharon?
El calendario de la locomotora se mueve a la velocidad de la producción, mientras que el del caracol se mueve a la velocidad de la reproducción. El tren corre a una velocidad de años luz, artificial, que corresponde al ciclo de los negocios, mientras el caracol se arrastra a las velocidades naturales de los ciclos estacionarios, solares, lunares y galácticas. Y, de pronto, el caracol se desliza llevando la delantera.
A esto se añade algo más; lo vi en una pintura en la Universidad de la Tierra, donde se reúne la juventud indígena para aprender de todo —desde arte hasta arquitectura, y desde tejido hasta análisis de los sistemas del mundo—: la pintura, arrinconada en una esquina junto con otras docenas más, mostraba un gran sol rojinaranja que brillaba por encima de árboles muertos, pareciendo invocar la muerte por calor del planeta a miles de millones de años de este momento, mientras la Tierra orbita en espirales hacia su fin, implorando con letras negras en toda la parte inferior: “Hazlo ahora. El futuro no le pertenece a ninguna persona”. El caracol no se mueve con menos urgencia que la locomotora. Imaginen que todos nos moviéramos hacia el futuro distante con la misma urgencia con la que lo hacemos para mañana.

3) “Los ricos son automáticamente pobres”
Estudiando a los zapatistas, aprendemos que hay dos diferentes formas de decir riqueza en tsotsil (una de las por lo menos cinco lenguas que se hablan en territorio zapatista): takin y skulejal. Takin significa dinero, o más ampliamente, riqueza artificial. Skulejal significa riqueza natural, medida en vida, en comunidad, en felicidad.
Cada forma de riqueza es producida por una forma diferente de trabajo. Los dos verbos para trabajo son kanal, que significa trabajo por dinero y para un jefe, individual y enajenado, y a’mtel, que ellos definen como verdadero trabajo, colectivo y libremente asociado, su propia recompensa.
Las dos clases de riqueza y trabajo no solamente son distintas sino antagónicas. Trabajar individualmente para tener riqueza artificial socava la búsqueda colectiva de riqueza natural. Al hablar de las implicaciones, surgió la cuestión de los ricos que son pobres: “¡Automáticamente no son ricos!”, dijo nuestro maestro acerca del 1% de los más adinerados.
Este antagonismo no es nuevo en la historia mexicana. Hace más de 100 años Pancho Villa proclamó e invitó: “Las tortillas de los pobres son mejores que el pan de los ricos. ¡Vengan!” (Reed, 74). Y estamos yendo, gradualmente, hacia nuevas formas de trabajo y riqueza, en aproximaciones sucesivas a nuevas teorías del valor.
Recientemente, John Holloway escribe que la gente se revela no sólo por su pobreza sino por su riqueza: su riqueza natural, su comunidad, su dignidad, su historia, etc., que se niegan a venderse o a someterse. Y esto se puede ver y creer en Chiapas, donde la riqueza natural está levantándose contra la riqueza artificial. Donde los pobres son ricos.
La vida es mejor más allá del capital y este sentido común culmina en el hospital zapatista, donde los cirujanos también cocinan y limpian; donde se prescriben tinturas de hierbas preparadas en el lugar junto con medicinas alópatas; donde los doctores duermen en el segundo piso, tienen sólo ocho días de vacaciones cada tres meses, y no reciben ningún salario, pero son felices y están orgullosos de hacer su trabajo colectivo, debido a su conciencia y a su amor por su comunidad. Cada semana, ahí nacen entre dos y cinco bebés, quienes crecerán ricos en tortillas y dignidad.

4) Un ambientalismo que premedita el ecofascismo
“Lo importante es entender que somos parte de la naturaleza, no algo aparte”, explicó nuestro maestro tsotil. Y en un mural del edificio de junto se lee: “En las escuelas autónomas zapatistas, los niños son educados con el espíritu y la concepción del mundo colectivos. Nuestra filosofía es el ser humano como parte de la naturaleza”.
Ante los espectros de un cambio climático catastrófico y la extinción masiva acechando al mundo entero, en todos los continentes están candentes las preguntas sobre la relación de la humanidad con la naturaleza. Pero mientras que los zapatistas creen que somos parte de la naturaleza, otros tienen una perspectiva bastante opuesta. Por ejemplo, el Partido Verde, el programa ProArbol REDD y la Ley de Bioseguridad, todos los cuales expresan la ideología dominante de ambientalismo en México. Las políticas ecológicas llegan a un punto convergente en Chiapas, donde “las prácticas contemporáneas de conservación de los bosques tropicales han dependido de la perspectiva occidental: remover al elemento humano de la ecuación”. (Ford y Nigh  174.)
El resultado inevitable de una filosofía que entiende a la humanidad y a la naturaleza como algo fundamentalmente distinto e incluso antagónicos es un mundo donde uno debe morir para que el otro sobreviva. Ya sea destruir los bosques para construir ciudades, o destruir poblados para preservar a los bosques. Tal ecologismo, ya sea de buena fe o por mal gobierno, premedita y prepara el ecofascismo.
Esta paradoja señala el camino del giro profundo que es necesario hacer en nuestra forma de entendernos a nosotros mismos y a la naturaleza. La antítesis y el antídoto del ecologismo y ecofascismo están muy enclavados en la gramática y el vocabulario tsotsil y de otros idiomas indígenas en los que no hay objetos, sólo sujetos, y en los que la humanidad es entendida como una parte inseparable de la naturaleza. Y esto está encarnado y prefigurado en las instituciones zapatistas de autogobierno, que reflejan al huerto forestal de la milpa como modo de producción y reproducción.

5) El buen gobierno es natural
La reinvención zapatista de la democracia es una de las lecciones políticas más importantes e inspiradoras que concluyeron el siglo XX y dieron el salto de inicio al XXI. Las Juntas de Buen Gobierno (en contraste con el mal gobierno que caracteriza a todo el aparato estatal, desde el nivel federal al local), se cuentan entre las únicas instituciones políticas del mundo que han verdaderamente rebasado a los antiguos griegos: un sistema de autoridades civiles de elección popular, rotativas y revocables, pero, lo que es crucial: sin esclavos ni patriarcado. Los detalles son fascinantes, pero la lección más importante, creo, es una general: el Buen Gobierno es natural. Crece al abrigo de su suelo y su cielo local. La dirigencia se rota como las cosechas. La diversidad es respetada y protegida. La meta es “un mundo donde quepan muchos mundos”; los pluricultivos en la milpa y en la municipalidad.
Y más allá de los antiguos griegos, los zapatistas han ido también más lejos que muchos en cumplir la filosofía y la profecía de José Martí sobre el gobierno en su famoso ensayo Nuestra América:  “el buen gobernante en América […] sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo […] El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país. Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza.”
He aquí la negación del tipo de ambientalismo que sacrifica a los humanos, y asimismo, la negación del tipo de humanismo que sacrifica a la naturaleza: un sistema político que es también un sistema ecológico, surgido de una cosmovisión en la que no hay separación entre la humanidad y la naturaleza. ¿Existe un mundo para esta clase de gobierno, para esta clase de política? Coincido con Hugo Blanco cuando dice que “los zapatistas son ecosocialistas, aunque ellos no usan esa palabra”.

6) “¡Fue el Estado!”
El lema de Ayotzinapa (“¡Fue el Estado!”) resuena por todas partes del espectro político. La desaparición de los 43 estudiantes —y de los miles más que su número representa— no es culpa de ningún individuo por separado ni institución. Ni el Presidente ni la policía ni el ejército ni los carteles pueden ser culpados individualmente, porque todos deben ser culpados colectivamente. Si bien se requiere toda una ciudad para criar a un muchacho, se requiere la participación de todo un Estado para hacer desaparecer un camión lleno de ellos. Es el mismo Estado que hoy, en representación de la Bolsa de Valores, está movilizando a la policía y al ejército a escala nacional contra los maestros y contra el levantamiento popular que los respalda. Este Estado acusa a sus maestros de ser narcotraficantes: una acusación cuya desesperación solamente es rebasada por su ironía. Pues el mayor secreto acerca del narcotráfico en México es difundido ampliamente con la misma contraseña: “Fue el Estado”. El lema tiene alcance exhaustivo. Como dijo el subcomandante Moisés a la caravana de familiares de los desaparecidos que visitó el territorio zapatista en noviembre de 2014: “Es terrible y maravilloso que familiares y estudiantes pobres y humildes que aspiran a ser maestros, se hayan convertido en los mejores profesores que han visto los cielos de este país en los últimos años”.
Y me parece a mí que la enseñanza va aún más allá. Nosotros llegamos a Chiapas en medio de lo que parece ser una retirada de la izquierda y el retorno de la derecha por toda Latinoamérica; lo que algunos están llamando “el final  del ciclo”. Y aún así los zapatistas no se están retirando. Si algo parecen estar es más avanzados que nunca. Lo cual nos conduce a preguntarnos: ¿qué es exactamente lo que está fallando, de Argentina a Brasil y a Venezuela? Lo que está fallando, según Raquel Gutiérrez Aguilar, es la política del poder del Estado en sí misma:
"Si se toman como punto de partida las luchas en desarrollo, entonces puede comprender con más claridad qué es lo que se está derrumbando hoy en día: la manera deformada y enajenada de nuestros esfuerzos anteriores, de las aspiraciones colectivas de transporte social que nosotros mismos desplegamos años atrás. Por lo tanto, la actual ofensiva de la derecha no es más que la revelación grotesca de lo que ya ha ocurrido: la renovación de la dominación del capital, organizado por la validación de la democracia procedimental, como la emblemática —y casi única— forma de la política. Es el final de lo que hemos logrado en la ronda anterior, y es por eso que se nos presenta como un fenómeno cíclico, pues el circuito se vuelve a abrir”.

Muchos movimientos revolucionarios en Latinoamérica durante los últimos veinte años han tenido éxito precisamente en la medida en que han transformado al Estado: constitucional, institucional, legal, estructural y subjetivamente, etc. Es ahora ese mismo Estado que está derrumbándose en las manos de la derecha a través de más o menos los mismos mecanismos de procedimientos con los que la izquierda los tomó y los transformó. Solamente es catastrófico si no se puede ver más allá del Estado como si fuera el único destino de la política, o más allá del partido como el único destino de la democracia. Si se puede ver más allá, y entender este momento no como el principio del final sino como el final del principio, entonces se reabre el circuito: no un ciclo, sino una espiral.
Algo sísmico está pasando en México. Hay contradicciones fundamentales que emergen sobre la superficie: modos de producción opuestos, ritmos y velocidades de tiempo rivales; conceptos antagónicos de trabajo y riquezas; formas de comprensión radicalmente distintas de la relación de la humanidad con la naturaleza, polos opuestos de teoría y práctica política. El “México insurgente” del que informó John Reed al principio del siglo XX recorrió la vía revolucionaria de norte a sur y por último a la capital. Hoy, el México resurgente puede leerse emergiendo de sur a norte, a velocidad de un caracol, rumbo a un nuevo mundo, un nuevo calendario y una nueva geografía, más allá de capitales. “Ya se mira el horizonte”, canta el quinto verso del himno zapatista. La Junta de Buen Gobierno que nosotros visitamos está decorada por dentro con una pintura japonesa e ilustrada con un pasaje del Corán, con banderas y carteles de literalmente todas partes del mundo, todos ellos testimonio y testigos de dos décadas de una lucha universal emprendida en bases particulares, en los altos de Chiapas donde el mundo entero se encuentra reflejado. Aunque mucho de los zapatistas es específico, único y particular de s historia, de su mitología, de su idioma, cultura y geografía, ellos han tocado los corazones y las mentes de millones de personas por todo el mundo con su convocatoria a una universalidad subterránea que nos conecta a todos, no a pesar de nuestras diferencias sino gracias a ellas. “Detrás de nosotros están ustedes” prometen y presagian el lema y los pasamontañas.
“Sé zapatista donde quiera que estés”, invita e implora la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Y así yo disemino estas seis tesis como las semillas de los vientos de la  Sexta, en el espíritu de Francisco que prometió a sus estudiantes internacionales:
“Tomen esta semilla, pónganla en práctica, y pronto serán ustedes como nosotros estamos ahora”. (Fitzwater 17).


***
Bibliografía:
La política del deseo, entrevista con Raquel Gutiérrez Aguilar, por Verónica Gago, 18 de marzo de 2016.
Autonomy is in Our Hearts: Zapatista Autonomous Government Through the Lens of the Tsotsil Language, de Dylan Fitzwater, Division Three Thesis, Hampshire College, 2015
The Mayan Forest Garden: Eight Millennia of Sustainable Cultivation of the Tropical Woodlands,  Anabel Ford y Ronald Nigh, Left Coast Press, 2015
Nuestra América, José Martí, 1891.
México insurgente,  John Reed, International Publishers, 1914, 1969
La máquina feminicida,  Sergio González Rodríguez, traducida al inglés por Michael Parker-Stainback,    Semiotext(e), 2007.
“Los desplazados,” Javier Sicilia, Proceso, 8 de mayo de 2016.

Notas:

[1]    “El patrón centrífuga que preferían los agricultores de milpa fue un desafío para el arte de gobernar”. (Ford y Nigh 162) Este reto se refleja en los escritos del virrey gobernante Tomas López Medel en 1552, también citados por Ford y Nigh: “Por tanto, ordeno que todos los nativos ... construyan casas cerca de la otra, y no deben sembrar milpas dentro de la ciudad, sino que deberá muy limpio. No habrá arboledas, sino que deberán ser todas destruidas ... de modo que deberán estar limpios, sin tierra ni campos de sembrado; y si hay alguno, debe ser quemado”.

[2] "Nadie quiere recordar que la degradación de México comenzó en el corazón de sus instituciones […] La situación adversa de México a principios del siglo XXI se había ido gestando desde hace algún tiempo, y se relaciona con los arreglos del Estado para golpear a numerosos grupos criminales. Estos acuerdos, hechos a cambio de dinero, fueron los orígenes de los carteles de la actualidad. A partir de ese momento en adelante, el territorio mexicano está comprometido a transportar drogas desde América del Sur [...] El apoyo de México al operativo Irán/Contra dentro de territorio mexicano a partir de 1981 estableció el precedente para estos acuerdos. La entrega de armas de fuego a las fuerzas anti-guerrilla nicaragüenses a cambio de drogas para ser vendidas en el mercado de Estados Unidos fue una operación concebida y operada por la CIA. Su socio mexicano fue su contraparte, la Oficina Federal de Seguridad de México.” (Rodríguez, 59-60)

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