miércoles, 8 de junio de 2016

Mi primer acoso PÚBLICO

Durante la campaña #MiPrimerAcoso no hablé de mi experiencia personal porque yo ya he abordado abundantemente el tema y he recreado  en mis novelas —en particular en La lágrima, la gota y el artificio— lo que significa el acoso para las mujeres en las calles de la Ciudad de México. Me interesaba más, en cambio, escuchar a las demás compatriotas, y muy especialmente a las que se expresaron por primera vez.
Aquí voy a recordar, en cambio, algo que todos mis colegas escritores mayores que yo y contemporáneos han olvidado por razones obvias, que es lo que constituyó mi primer acoso público, esto es, como escritora publicada por primera vez. Ocurrió hace 29 años, durante el II Congreso Internacional de Escritores Policíacos organizado por Paco Ignacio Taibo II y Rafael Ramírez Heredia (precursor de su Semana Negra de Gijón), que se celebró en San Juan del Río, Querétaro, en marzo 1987, cuando tenía yo 26 años. El año anterior se había publicado mi primera novela, Crimen sin faltas de ortografía, que ganó el segundo lugar del Primer Concurso Plaza & Janés de Novela Policial, 1985. Viene al caso explicar que tal reconocimiento fue siempre polémico: hubo quienes decían —y así lo escribieron— que yo merecía el primer lugar, pero por otra parte me llegaban rumores desde el medio editorial de que Paco Ignacio Taibo II “estaba furioso conmigo porque sólo ganó el 6º lugar”, y que había dicho que “mi novela es una porquería”.
Lo único que sí pude corroborar es que Taibo II estaba muy encabronado, pero no solamente conmigo, sino sobre todo contra María Elvira Bermúdez, a quien le preparaba emboscadas cada vez que le tocaba hablar porque, según explicó a sus aprendices y admiradores, “no se trata de excluir, sino de masacrar” (esto yo lo escuché con mis propios oídos de labios del hoy promotor del voto por Morena).
En ese contexto, yo era un alfil en la batalla que se libraba sin cuartel entre novela enigma y novela negra en tiempos de la Guerra Fría, cuando era todo un acontecimiento que asistiera a tierras capitalistas el soviético Yulián Semiónov, novelista y presidente de la Asociación de Novela Negra y Política, junto con el norteamericano Roger Simon (en cuyas tierras nunca imaginé que terminaría viviendo yo).  Mi presencia era no más que una pieza en ese ajedrez, ya que el subgénero enigma, por tener entre sus mayores exponentes a Agatha Christie, se estigmatizaba como “de derecha”, “burgués” y “banal”, aunque yo —como se descubriría más adelante—, no era una escritora de “derecha”, y Umberto Eco, tampoco, pero todavía no se popularizaba en español su portentosa novela El nombre de la Rosa que es, rigurosamente, una novela policíaca de enigma y, además, un planteamiento progresista en favor de la difusión del conocimiento. De modo que el mencionado Congreso versó sobre lo que Umberto Eco ya había refutado con un libro que se convertiría en clásico, pero que los asistentes —con excepción de Vicente Leñero, quien sí lo mencionó, por lo menos a mí, en una conversación de sobremesa, o como se dice, “en corto”— todavía no registraban.
Pero no sólo recibí trato de pieza de ajedrez político. Una noche tocó a la puerta de mi habitación José María Espinasa con un amigo para invitarme a una pachanga. Yo estaba ya en piyama, pero me dijeron que no importaba, pues era una panchanga informal, digamos. Me pareció en su momento excelente idea y, entre risas y bromas me llevaron de la mano, todavía entonces muy amistosamente, a la habitación donde se celebraba la fiesta.
Tan pronto como llegué me di cuenta de que yo no quería estar ahí. Un grupo de hombres y una periodista que después sería escritora (muy aburrida en sus libros, pero siempre creidísima en el trato personal), bebían hasta caerse. El cubano castrista Alberto Molina fumaba la mota prohibida en su isla, y se carcajeaba. No sé si era la primera vez que probaba la marihuana pero se comportaba como si ésa fuera su noche, y yo, su trofeo. No me pareció muy divertido.
La fiesta estaba ya muy avanzada y los convidados querían sexo. Yo no solamente era abstemia sino que no me sentía atraída hacia el desagradable aspecto del cubano fumando mota que, como se decía entonces, “quería conmigo”.
Resolví que aquel convivio liberador no era para mí y traté de irme. Tan pronto como lo intenté, los hombres me detuvieron por la espalda (no sé quiénes, ni cuáles, ni recuerdo tampoco cuántos hombres había en la habitación). Pero ágilmente me zafé de todos ellos, pues yo era la que no estaba borracha ni pasada y, como constantemente se mencionó en los periódicos, “la más joven”.
Sí: era la más joven. También para correr era la más joven. Y eso fue lo que hice a lo largo de los pasillos: corrí y corrí, mientras un grupo de escritores borrachos me perseguía gritando: “¡Malú! ¡No te vayas! ¡Malú!”.
Eso fue todo lo que escucharon desde sus habitaciones (si es que se hallaban en ellas a esas horas de la noche) los demás participantes del Congreso: una corretiza y mi nombre, hasta que llegué a mi cuarto y me encerré con llave.
Al día siguiente, cuando me presenté en el comedor, se hizo un silencio de película. A partir de entonces, mi trabajo como novelista fue lo menos relevante de mí. Lo importante era mi cuerpo y la corretiza (al respecto de lo cual quizás también cabe aclarar que nadie pidió disculpas, y también es pertinente preguntarse qué habría pasado al revés: si se hubiera tratado de un escritor y no de una escritora).  En los periódicos continuó el acoso. Rafael Ramírez Heredia incluso escribió una reseña en El Búho en la que desde el título se burlaba de mí, muy típica de la época: como si hacer mofa del aspecto físico de una mujer o de su forma de vestir fuera parte del “ser bohemio talentoso”.
Leer completo aquí: Portada /  Segunda parte / Última parte.
Y eso que éramos colegas, ¿eh?


En la revista Activa les pareció muy gracioso sugerir que era yo la que perseguía a los hombres.

Pero no todo fue digno de lamentarse: una década y dos novelas después, aprendí muy bien la lección. Ahora fui yo la que convirtió la adversidad en ventaja burlándose de todo con una “antipublicidad pornográfica”.

A propósito, Un Dios para Cordelia ya es veinteañera, con motivo de lo cual fue presentada su nueva edición marco de la FIL de Guadalajara por el maestro Álvaro A. Delgado y por el director de la editorial, Fernando Valdés. Próximamente estará a la venta en la CDMX.

Algunas curiosidades sobre el particular ya se pueden ir encontrando en este enlace.


2 comentarios:

  1. Gracias por compartir Malú... abrazos

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  2. De verdad que sí Malú. Gracias por compartir este valiente testimonio... ya leí el texto completo que pusiste de R. HEREDIA. Inaguantable.

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